
Que Lacy Hunt haya abandonado el largo plazo no es un detalle de nicho. El economista de Hoisington Investment Management, alcista de los bonos durante casi cuatro décadas, ha recortado con fuerza la duración de las carteras y ha llevado ese dinero a Treasury bills. Y lo ha hecho tras asumir algo que hasta hace poco parecía improbable en su discurso: la inflación de Estados Unidos podría moverse a largo plazo desde el rango de 1.5–3.5% hacia 3.5–4.5%, con riesgo de episodios por encima del 5%.
El movimiento llama la atención porque Hunt llevaba años defendiendo justo lo contrario. Su tesis era conocida: globalización, exceso de deuda y menor velocidad del dinero como freno estructural para el crecimiento, la inflación y las rentabilidades de largo plazo. Ni la respuesta monetaria tras 2008, ni la década de tipos ultralaxos, ni el golpe inflacionista de la pandemia le hicieron soltar ese guion. Hasta ahora.
Hunt cree que el andamiaje que mantuvo la desinflación entre 1990 y 2020 se está resquebrajando.
1) La primera grieta estaría en la globalización. Aranceles y proteccionismo comercial ligado a la seguridad sustituyen el viejo modelo del productor más barato por otro más caro, centrado en resiliencia y control de cadenas de suministro.
2) La segunda es el mercado laboral. Menos natalidad, envejecimiento de la población y menor inmigración reducen la oferta de trabajo y empujan los costes salariales. Si a eso se suma menos deslocalización, las empresas dependen más de mano de obra doméstica, que es más cara.
3) La tercera tiene mucho que ver con el dinero disponible. Centros de datos para IA, modernización de la red eléctrica y fábricas de semiconductores compiten por la misma reserva de capital, materias primas y mano de obra cualificada. A la vez, los déficits públicos absorben financiación en un momento en el que la tasa nacional de ahorro está cerca de mínimos históricos. Hunt ve ahí una escasez de capital capaz de elevar la presión sobre tipos e inflación.
Ese giro no implica, eso sí, una apuesta lineal por rentabilidades siempre al alza en el tramo largo. Su planteamiento va más por un régimen de mayor volatilidad en tipos, y su paso a letras del Tesoro encaja con esa idea de quitar riesgo al largo plazo.
Los datos aún no le dan toda la razónAquí aparece el matiz importante. Las expectativas de inflación a 5, 10 y 30 años, medidas por los breakeven entre TIPS y Treasury nominales, siguen en niveles muy parecidos a los de los últimos cuatro años y no muy distintos de los vistos tras la crisis financiera. El mercado, de momento, no está comprando ese equilibrio del 3.5–4.5% ni episodios recurrentes por encima del 5%.

Por cierto, las tasas de inflación de punto de equilibrio ancladas sugieren que el petróleo crudo va a la baja.
Lo que sí ha subido con fuerza son los tipos reales de largo plazo. Eso sugiere que buena parte del repunte de las rentabilidades viene de la prima por plazo: los inversores exigen más rendimiento para financiar un Tesoro con más necesidades de emisión y una economía que está desviando muchísimo capital hacia la IA. Ahí Hunt toca una tecla seria. Y pese a la baja tasa de ahorro nacional, la entrada de capital extranjero a la deuda de EEUU ha seguido creciendo, lo que de momento alivia parte de esa presión.
Hay más datos que enfrían su diagnóstico. El comercio global, medido como exportaciones más importaciones sobre el PIB mundial, habría escalado al 68.5% en 2025, el nivel más alto en 46 años, según el Banco Mundial. En 2024 estaba en 56.7%. Si los aranceles y la relocalización estuvieran desmontando de verdad la globalización, costaría ver ese salto.
También el déficit comercial de EEUU se mueve en niveles parecidos a los de Biden y peores que cualquiera de las lecturas anteriores a 2020.

Estados Unidos registró un déficit de $432 mil millones en julio.
Con la liquidez pasa algo parecido. Hunt cita inyecciones entre mediados de diciembre de 2025 y junio de 2026: la Reserva Federal habría comprado aproximadamente $290 billion en Treasuries y el ODL avanzó a una tasa anualizada del 8.9% en los seis primeros meses del año, más de 1.6 veces su ritmo compuesto a diez años. Él ve ahí gasolina para la inflación. El problema es que la relación histórica entre QE e inflación que acompaña el análisis es débil y, de hecho, negativa.
Queda la gran incógnita tecnológica. Hunt pone el foco en lo intensivo que es levantar centros de datos y reforzar la red eléctrica, pero concede poco espacio a que la IA mejore productividad antes de lo esperado y termine actuando como fuerza desinflacionista, como pasó con otras olas tecnológicas.
La foto final merece atención. Un veterano que llevaba casi 40 años defendiendo bonos largos reduce riesgo y se refugia en letras. Falta ver si está anticipando un cambio de régimen que aún no aparece en los datos o si el mercado acabará devolviendo protagonismo a las viejas fuerzas desinflacionistas.