
Un mercado inmobiliario que parece disparado en dólares ha perdido alrededor de un 80% si se mira en oro durante los últimos 25 años. Bill Bonner arranca ahí para defender una idea incómoda: las burbujas, también las que terminan entre titulares de inflación, acaban siendo deflacionarias en términos reales.
En un artículo difundido por ZeroHedge y firmado vía DailyReckoning.com, el analista sostiene que la burbuja de EEUU es más amplia que cualquier otra vista hasta ahora y que lleva 30 años inflando todo lo que toca. Bolsa, vivienda y activos en general. Mucho precio. Mucho papel.
Su tesis es fácil de enunciar y bastante menos cómoda de asumir. Cuando llega un crash, la riqueza real no se evapora; cambia de manos. El accionista pierde patrimonio sobre el papel y capacidad de compra sobre la economía real. Quien no estaba expuesto queda relativamente mejor colocado. El matiz no es menor.
Bonner carga contra la Reserva Federal y contra el uso político del dinero. Habla de tipos forzados a la baja, rescates y una red de seguridad permanente para la Bolsa. Según su cálculo, a precios actuales la clase que posee acciones podría comprar dos veces el PIB y todavía le sobrarían $10 billones.
Debajo de ese diagnóstico hay una enmienda a la totalidad. Bonner sostiene que esa acumulación de riqueza no nace de un capitalismo limpio, sino de un sistema monetario corrompido. Si el precio del dinero lo fijaran de verdad ahorradores y prestatarios, y no la Fed, muchas valoraciones tendrían bastante menos sostén del que aparentan hoy.
Primero cae el papel, después entra la imprenta
Su secuencia para los próximos años va por ese orden. Primero, desinflado de activos. Después, pánico oficial. Espera nuevas bajadas de tipos, control de la curva, quantitative easing y otros inventos monetarios para impedir que el mercado haga la limpieza. Llama la atención que reduzca todo el arsenal de la Fed a una sola palanca: crear más dinero.
A corto plazo, admite un primer sell-off. Luego ve al oro tomando el relevo, porque sería el activo que antes olfatee la siguiente oleada inflacionaria. También otros activos reales, desde hoteles hasta bienes de consumo, recogerían ese cambio en las expectativas. Para Bonner, cuando el mercado descuenta más emisión monetaria, el dólar deja de comportarse como refugio y pasa a ser una patata caliente. Se gasta antes, aumenta la velocidad del dinero y el alivio inicial acaba deteriorando la economía.
Mirar con oro cambia la foto
Aquí está el punto más discutible y también el más sugerente. Bonner recuerda que en noviembre de 1923 un dólar equivalía a 4.2 trillion marks. En esa Alemania hiperinflacionada, los extranjeros podían comprar activos reales a precios ridículos si llevaban una moneda fuerte. Dice haber visto algo parecido en Argentina: precios en pesos disparados, pero más baratos en dólares.
Su extrapolación a EEUU va por la misma vía. Las acciones estadounidenses, medidas en oro, valen menos de la mitad de lo que valían en 1999. Y el Case-Shiller Home Price Index, expresado en oro, muestra que la vivienda ha caído alrededor de un 80% en los últimos 25 años. Sorprende, porque el relato dominante dice justo lo contrario: casas y Bolsa en niveles muy altos. Bonner no niega ese encarecimiento nominal; lo que plantea es que, en dinero real, el ajuste ya está en marcha.
Es una tesis heterodoxa, sí, pero obliga a separar precio y valor, algo que el mercado suele olvidar cuando sobra liquidez. Bonner da por hecho que la política monetaria puede retrasar el ajuste, maquillarlo y encarecerlo. Evitarlo, no.

