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TradingPro1 de septiembre de 2026

Del modelo nórdico a Venezuela: la factura del socialismo democrático

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El dato que más aprieta el debate está en los impuestos: el top 1% ya paga el 38% de todos los impuestos federales sobre la renta en EEUU mientras gana alrededor del 21% de los ingresos. Sin embargo, seguir apretando a los más ricos es una promesa que gana tracción política a toda velocidad.

El 1 de enero, un alcalde que se define como socialista democrático tomó posesión en la mayor ciudad de Estados Unidos. Semanas antes, candidatos socialistas barrieron en varias primarias y enviaron el mayor bloque de legisladores socialistas de la historia de Nueva York a Albany, junto con otros dos escaños al Congreso. Luego llegó JB Pritzker a CNN y remató la idea con una frase que no pasó desapercibida: esos triunfos son “la receta para ganar en 2026 y más allá.”

Y no nos tiene que extrañar esta tendencia, el mercantilismo USA tiene fallos: reparte mal parte de las ganancias, encadena ciclos de auge y caída y ha alimentado una economía en K tras 2008 y de nuevo tras 2020. Vivienda, sanidad y cuidados infantiles han corrido más que las nóminas. Y, desde luego, son mas que criticables los rescates en serie desde 2008, que socializaron pérdidas para los poderosos y lobbistas. Ahí hay un malestar real. Por lo tanto, el diagnóstico puede ser correcto, pero la medicina falla.

De Caracas a Copenhague, pero sin mezclar modelos

En primer lugar hay que entender que socialismo no es lo mismo que socialdemocracia. En el primer caso, el Estado controla medios de producción y precios, en el segundo, sigue habiendo propiedad privada, precios de mercado y apertura comercial, aunque con un Estado del bienestar amplio encima. Es evidente que equiparar ambos modelos maquilla el balance histórico.

El ejemplo extremo es Venezuela. Recuerdo que era el país más rico de América Latina y que Hugo Chavez y Nicolas Maduro nacionalizaron cientos de compañías, impusieron controles de precios y expropiaron tierra privada. El resultado, según los datos que hemos recopilado del Banco Mundial, fue demoledor: la producción por persona de desplomó, la producción de alimentos bajó 75%, la inflación superó el millón por ciento y casi ocho millones de personas dejaron el país a pie. Sin embargo, esta política no acaba con las élites; cambia unas por otras y son los socialistas en el poder los que roban la cada vez más menguante riqueza

“Dinamarca está lejos de ser una economía planificada socialista. Dinamarca es una economía de mercado.”

Con ese recordatorio del primer ministro danés en Harvard, queremos enganchar con el ejemplo nórdico. Dinamarca y Suecia, aunque muchos pensamos que tienen demasiado peso del Estado en la economía, no han desmontado el mercado: mantienen derechos de propiedad sólidos, comercio abierto, mercado laboral flexible y, en el caso danés, ni siquiera tienen salario mínimo nacional fijado por ley. Dinamarca figura en el puesto 10 del índice del Fraser Institute.

La factura fiscal que inquieta al mercado

El segundo frente es la recaudación. Mucha gente no es consciente de que el top 10% paga más del 70% del impuesto federal sobre la renta, que la mitad superior aporta 97% y que la mitad inferior apenas supera el 3%.

Tras transferencias, Medicaid, ayudas alimentarias y créditos fiscales reembolsables, el quintil más bajo soporta una tasa fiscal federal neta de cerca del 0.5%. La conclusión es clara: para copiar el modelo escandinavo no basta con fiscalizar a los ricos”, porque ya están extremadamente presionados. Y seguir esa línea conduciría a huída de capitales. Como siempre, la clase media acabaría poniendo mucho más papel.

Tampoco hay soluciones mágicas como el impuesto sobre el patrimonio.

En 1990, doce países europeos lo aplicaban; hoy quedan cuatro. Francia, por ejemplo, perdió 12,000 millonarios en un solo año y recaudó menos del 0.2% del PIB antes de retirarlo. Con la renta básica universal es igual de duro: una revisión de 122 programas piloto encontró que los estudios de mayor tamaño y mejor diseño mostraban caída del empleo. Todo eso llega a un país con $40 trillion de deuda, más del 120% sobre PIB y más de un trillón anual solo en intereses.

Para los inversores particulares, la lectura no pasa por la consigna política, sino por el riesgo de política económica. Si avanza un programa apoyado en más impuestos al capital, transferencias financiadas con déficit y una mayor intervención, suben las probabilidades de inflación estructural, presión sobre la divisa y fuga de capital. Las manos fuertes miran eso antes que los eslóganes. Y esa, al final, es la parte que más pesa en valoración, crecimiento y confianza.

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