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TradingPRO6 de agosto de 2026

Las pensiones quebrarán por permitir populismo.

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El relato sentimental de las pensiones: cuando la moral sustituye a la aritmética

Hay pocos temas donde el debate público esté tan blindado frente a la evidencia como el de las pensiones de reparto. Basta con que un político sugiera revisar el sistema, elevar la edad de jubilación, ajustar la fórmula de revalorización, introducir capitalización complementaria, para que la respuesta no sea técnica, sino moral: "quieren dejar a los abuelos sin nada", "es un ataque a los más vulnerables", "defendemos lo público frente a la codicia privada". El debate se traslada del terreno actuarial al terreno afectivo, y ahí, convenientemente, los números dejan de importar.

Genial explicación del economista Daniel Fernández sobre el populismo miserable en el tema de las pensiones.

El problema no es ideológico, es demográfico y contable

Un sistema de reparto puro funciona mientras la relación entre cotizantes activos y pensionistas se mantenga razonablemente estable. Cuando esa proporción se deteriora, por el envejecimiento poblacional, la caída de la natalidad o el alargamiento de la esperanza de vida, el sistema empieza a depender, cada vez más, de una promesa: que las generaciones futuras seguirán aceptando pagar más por menos. Esa estructura, en la que los primeros participantes cobran gracias a las aportaciones de los últimos en entrar, comparte una lógica de fondo con los esquemas piramidales, aunque con una diferencia crucial: el Estado tiene poder coactivo para obligar a que sigan entrando nuevos cotizantes. Eso no cambia la mecánica financiera subyacente; simplemente pospone, y en teoría permite gestionar, el momento del ajuste.

El "déficit implícito" de las pensiones, el valor presente de las obligaciones futuras no cubiertas por las cotizaciones esperadas, no es una opinión ideológica: es una cifra que calculan organismos como la Comisión Europea, el FMI o la AIReF, y que en la mayoría de economías envejecidas de Europa alcanza varias veces el PIB anual. Ignorar esa cifra no la hace desaparecer; solo traslada la factura, con intereses, a quienes hoy tienen veinte o treinta años.

Por qué el populismo encuentra terreno fértil aquí

El populismo, en su forma más eficaz, no necesita mentir explícitamente: le basta con simplificar un problema multidimensional en una disyuntiva binaria entre "los que cuidan" y "los que calculan". Hablar de sostenibilidad actuarial se presenta como frialdad tecnocrática; hablar de "no tocar ni un euro de las pensiones" se presenta como calidez humana. Pero esa dicotomía es falsa: no hay nada compasivo en heredar a los jóvenes un sistema que no podrán sostener, ni en pedirles hoy cotizaciones crecientes para financiar promesas que ellos mismos probablemente no cobrarán en los mismos términos.

La retórica sentimental cumple, además, una función política muy concreta: desplaza el coste temporal del problema. Reformar pensiones implica costes visibles e inmediatos (electoralmente letales) a cambio de beneficios difusos y futuros. No reformar implica lo contrario: beneficio inmediato y visible (paz social, votos) a cambio de un coste que pagará otro gobierno, otra generación, otro ciclo electoral. Es un incentivo estructural hacia la inacción, y el discurso moralizante es la envoltura perfecta para vestir esa inacción de virtud.

Un sistema de pensiones sostenible es, en sí mismo, un acto de solidaridad con quienes aún no han nacido. Fingir que los números no existen porque resulta incómodo mirarlos de frente no es compasión: es, como mínimo, una forma de irresponsabilidad con fecha de vencimiento aplazada.

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