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Vicente Baquero24 de octubre de 2022

NOSOTROS Y ELLOS

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Estamos asistiendo a varios acontecimientos a escala mundial de una trascendencia como no se había visto hace muchísimos años, voy a centrarme en dos que están, en mi opinión, muy relacionados: La consolidación de Ucrania como una nación europea más, a raíz de esta guerra,  y la reafirmación de una Europa unitaria más allá de la economía, como ante sala de la deseada “Nación Europea”

A lo largo de la historia las formas políticas en que se han agrupado los hombres sobre sus territorios respectivos, han ido cambiando según las distintas fuerzas que condicionan y moldean sus ámbitos, según las fuerzas y circunstancias internas y externas que inciden sobre su constitución: tribus, ciudades,  naciones, estados reinos, imperios… Uniones y rupturas, movimientos expansivos o contractivos, centrífugos o centrípetos, que  a lo largo de los siglos vienen condicionados por distintos intereses colectivos y culturas.

Lo que es innegable es que ninguna agrupación humana, frontera material, física o cultural,   es estática o permanente, ni está dotada de valores intrínsecos que la conviertan en invariable,  las sociedades se constituyen y se destruyen en el transcurso de la historia. Una de esas formas asociativas más distintivas es el concepto   “nación”, que acaba por adoptar en la mayoría de los casos forma de “estado”.   Sobre todo y ante todo a partir del movimiento romántico en Europa, exportado a medio mundo,  elevado a categoría cuasi ontológica, trascendental,  como un conjunto de pueblos, personas y territorios, que poseen en común una serie de rasgos definitorios: étnicos, territoriales, culturales, religiosos, ideológicos,  costumbres, lengua, memorias  así como un amplio espectro de mitologías colectivas.

El “nacionalismo”, entendido como aquella teoría o sentimiento que manifiestan aquellas personas que se sienten parte de una nación, real o ficticia, que la sienten  como un refuerzo a su personalidad individual,  les proporciona una sensación de pertenencia que atenúa sus inseguridades. Esta idea y sentimiento, con tales implicaciones psicológicas, por una parte se convierte en peligroso para la convivencia a escala interterritorial, ya que, ya sea por experiencia, herencia o educación, estas personas, tienen clara una tendencia a exagerar y resaltar la distinción  “nosotros y ellos”, pero por otra, ese sentimiento de “nación” lleva a la unión y por consiguiente a la colaboración entre esas mismas personas que permiten el progreso y que todos salgan adelante, desligándose de concepciones aisladas e insolidarias, promueve el establecimiento de objetivos comunes que en última instancia contribuyen al bienestar de conjuntos sociales cada vez más amplios.

En primer lugar es muy importante señalar que en la génesis y desarrollo de ese “concepto nación”, en una mayoría de casos, resulta imprescindible un oponente: un “ellos”.  Esa diferencia puede ser más a menos acentuada en función de la agresividad o simpatía entre esos grupos, así como su afinidad física y cultural. Es obvio que esas relaciones entre pueblos, han experimentado variaciones, en ocasiones dramáticas, que son las que precisamente han consolidado el concepto de “nacionalidad”. Es por ello que creo que en este momento, estamos asistiendo al nacimiento, no de Ucrania, que existe como territorio distintivo desde hace mucho tiempo, sino al de “una nación ucraniana”,  de la que va a surgir un sentimiento nacionalista exacerbado por la agresión rusa, con una intensidad desconocida hasta ahora y que les va a empujar hacia Occidente mucha más allá de lo que en principio deseaba el Kremlin.

Los ucranianos,  en varias ocasiones en el pasado han querido constituirse en nación independiente, como ejemplos más inmediatos,  a finales de la primera guerra mundial, coincidiendo con la guerra civil rusa, aspiración que fue sometida y acallada por el nuevo régimen comunista, creando la República Socialista Soviética de Ucrania separada de la rusa, y la segunda, la actual, con el derrumbamiento de la URSS en 1991, cuando se acordaron ya unas bases territoriales sobre planos y se procedió a la secesión material. La realidad es que las relaciones entre ambas naciones han sido siempre muy estrechas, personal y culturalmente,  hasta el punto de que los ajenos puede decirse que no los distinguíamos. De hecho forma parte del imaginario ruso atribuirse la “divina misión” de ser cabeza y protectora de los eslavos: el sueño pan eslavista.

Es cierto que la “Rus de Kiev” es la primera manifestación cultural y religiosa del mundo eslavo, en el siglo IX,  X y XI  heredero de Bizancio, que luego acaba dividiéndose en múltiples principados,  en el norte aparecen Novgorod y Moscú. Expulsados los tártaros, tras dos siglos de vasallaje surge el expansionismo ruso desde Moscú,  Ivan IV “El terrible” 1530-1584, hasta el XVII los ucranianos no son absorbidos por el zarato de Moscú. Reclamar la inexistencia de Ucrania y proclamar su equivalencia con la actual Rusia, es  tanto como decir que España y Portugal  como estados, hoy en día, no tienen razón de ser independientes, simplemente porque en el pasado la población de la península ibérica ha compartido ese mismo pasado: ibero, céltico, romano, godo, musulmán, reconquista o etapas imperiales…. El problema ha vuelta a surgir con esta nueva ola de expansionismo clásico de una Rusia Imperial en la mente de algunos rusos, entre los que destaca su presidente, que ha declarado abiertamente, en muchas ocasiones que “Ucrania como país no tiene razón de existir…”. Dada la superioridad numérica y militar de Rusia, a pesar de sus derrotas, este conflicto durara lo que aguanten los ucranianos vivos y el abastecimiento militar y económico occidental, pues no podemos excluir que en la más pura formula de la tradición rusa, hay más de un precedente, se extermine o expulse a la totalidad de la población de un territorio para repoblarlo a continuación. El caso más evidente es precisamente Crimea, cuya población era mayoritariamente tártara y entre los zares y Stalin no debe quedar ni uno. Lo que ha sorprendido realmente a las nuevas generaciones occidentales es la pervivencia de esta clase de conflictos por estas razones tan poco “políticamente correctas”, en un mundo que se suponía que había superado estos instintos geopolíticos tan primitivos o que siguieran existiendo personajes como Putin y compañía. Ha sido muy oportuno para recordarnos a una Europa dormida la verdadera realidad que hay más allá de este paraíso del “estado de bienestar social ecológico, diverso, inclusivo y sostenible” y de aquí paso en mi segunda hipótesis.

Por primera vez en mucho tiempo, hemos visto como, justo ahora, tras este intento de dominio de una nación por otra en el seno de Europa Oriental, las distintas naciones de la UE y más allá, se han reunido para dar comienzo a un programa prácticamente sin matices de cara a un fortalecimiento substancial de nuestro potencial militar, y la OTAN, que estaba prácticamente terminal, se ha visto reforzada en sus principios y estructura como nadie podía prever simplemente hace un año. La incorporación de Suecia y Finlandia, el aumento exponencial de los gastos militares, la reactivación de la industria militar, el estrechamiento de los lazos participativos, no olvidemos que se están trasladando contingentes militares, recursos y materiales de acción directa a los Países Bálticos, Polonia, a primera línea en estado de máxima alerta.  Estas alianzas imponen una mayor colaboración en todos los frentes y una mayor coordinación entre los socios de la UE y sus aliados, para orientar nuevos objetivos y políticas a largo plazo, más allá del área económica, lo que implica una mayor participación política unificada y la plasmación de unos objetivos que puedan a la larga  llevarnos a una unión tan estrecha, en la que muchas de las soberanías nacionales que hasta ahora eran renuentes a injerencias políticas en cuestiones nacionales concretas y ciertas suspicacias, más o menos justificadas, queden aparcadas de momento ante el peligro común de un agente externo que amenaza con destruirnos o controlarnos a todos.

Una vez más estamos ante el embrión de una nueva dimensión en la relaciones intracomunitarias, teniendo que plantear temas de calado que van más allá de relaciones económicas o protocolarias, forzados por la necesidad de defensa: el  proteger nuestra identidad colectiva ante una posible agresión exterior. Todo sentimiento nacionalista nace en situaciones de esta naturaleza, es el agresor exterior el que nos obliga a aceptar diferencias y resaltar los intereses comunes. Quizá sea este el duro acicate que necesitábamos para consolidar una UE responsable de su destino, alcanzar una mayor colaboración e integración entre los miembros dentro de esta necesariamente renovada UE y Otan.  Violento y duro despertar a una realidad que nos ha sorprendido por autocomplacencia, ingenuidad o suficiencia. Estamos ante este desafío existencial como sociedad, el éxito o fracaso en el empeño definirá el porvenir de las generaciones futuras. Europa es más que Europa como dicen los aficionados del Barça de su club, a ver si es verdad….


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