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Vicente Baquero18 de enero de 2022

NEGOCIAR BAJO AMENAZA DE MUERTE

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Cuando intentamos encontrar los límites,  las fronteras argumentales en cualquier negociación sobre un conflicto potencialmente letal, revestida del apelativo edulcorado de “dialogo”, un factor determinante radicaría en señalar las diferencias de valores y esquemas mentales de cada uno de los intervinientes. Resultaría de una ingenuidad culpable pensar que cuando nos enfrentamos a personas pertenecientes a grupos como Isis, Boko Haram o las Farc, se pueda partir de que existan unos presupuestos comunes entre las partes en cuanto a la valoración de los riesgos en juego y las consecuencias de la falta de un acuerdo.

Sin querer hacer un total paralelismo con el anterior supuesto, lo que si tienen en común este tipo de contactos con las actuales conversaciones o diálogos entre Rusia, EEUU y la Unión Europea en cualquier tema relacionado con  Ucrania, Georgia, Bielorusia o zonas limítrofes, es imprescindible tomar en consideración la diferente valoración que tiene la cuestión en disputa  para cada una de las partes y  el coste humano y material que asumen, en caso de no alcanzar un acuerdo si se llegase a un conflicto real de naturaleza militar.

Rusia tiene vocación y tradición imperial, como muy bien conocen sus vecinos al este y al oeste, desde sus primeros tiempos su misma existencia ha dependido de mantenerlos a raya y a partir de ahí a expandirse y acabar controlándolos militarmente, lo que dio origen al primer imperio zarista y luego al soviético. Tal grado de avance y ocupación ha generado conflictos continuos a lo largo de los últimos trescientos años entre los habitantes de aquellas regiones o naciones a su alrededor que no desean estar bajo su dominación física y cultural. Tras la caída del imperio soviético al desprenderse  la matriz rusa se han visto psicológicamente desmembrados, se han tenido que enfrentar a la simple realidad de que no todos se sienten cómodos bajo el paraguas ruso y desean emprender caminos independientes; es cierto que a lo largo de los períodos de ocupación se han establecido entre ellos lazos tanto humanos como materiales, que han supuesto para una mayoría de la población rusa, propiamente dicha, la impresión de que estas gentes eran parte de su misma realidad social y cultural. Por tanto, el hecho de que ahora poblaciones enteras de aquel imperio declaren su independencia les ofende y humilla extraordinariamente, les rompe unos esquemas mentales muy arraigados entre la mayoría de su población. Es tan duro como verse ante un divorcio con todas sus consecuencias. En Ucrania una buena parte del este del país es efectivamente ruso parlante, pues está formado por rusos, enclavados en la zona desde hace siglos y que no se pueden hacer a otra idea: en el pasado reciente prácticamente tales fronteras dentro del imperio no existían; lo conflictivo es que en otras partes del país existe una gran mayoría de la población que se siente más atraída económica, social y políticamente ligada al occidente europeo.

A la disolución del imperio, donde las diferencias eran claras y manifiestas se produjo la separación sin traumas significativos que pudieran ofender o originar un conflicto: Alemania, Polonia, Hungría, Chekia, Eslovaquía los países Bálticos, Bulgaria o Rumanía, no así en otras zonas: Georgia, Armenia, Moldavia, Ucrania, por no entrar en el hinterland asiático… El problema en estas negociaciones es doble: por un lado para Rusia oficialmente, Putin o no Putin,  para los rusos en general, Ucrania forma parte de su propia entidad como nación y civilización, por lo cual  su interés en la cuestión es prioritario, una cuestión de honor y afirmación nacional, hasta tal punto que el famoso Brezinski analista polaco de origen, asesor durante muchos años de la Casa Blanca, afirmaba que:”Rusia sin Ucrania es un gran país, Rusia con Ucrania es un imperio…” y por tanto el sacrificio que estarían dispuestos a hacer para su recuperación es mucho mayor que el que supondría para una Europa  o unos EEUU, tanto en recursos como en vidas humanas para defender ese territorio.

A lo cual habría que añadir, de cara a las respectivas retaguardias nacionales, simplemente observando estadísticas militares de conflictos anteriores, la diferencia relativa que tiene para ambos contendientes la valoración de las bajas respecto a la consecución de unos objetivos.

En resumen cualquier maniobra rusa que pueda ser proporcional a sus fines no necesariamente se corresponde con la misma voluntad de enfrentamiento con todas sus consecuencias para la Unión Europea o Estados Unidos, y ni siquiera habrá una coincidencia de posturas dentro de la propia UE, pues es cierto que una invasión representa una amenaza objetiva para toda una serie de naciones del este de Europa, en el medio y largo plazo,  son plenamente  conscientes, no les parece tanto a otras naciones europeas que ya en el pasado reciente dejaron a todas ellas a su suerte bajo el Imperio Soviético.

Una política de contención dividida condiciona la actuación del conjunto y dificulta una capacidad de negociación.

 Objetiva y racionalmente  ni unos ni otros están en condiciones económicas de iniciar conflictos en estos momentos,  pero como bien sabemos por la historia, como ya afirmaba Tucídides, tres eran las causas de toda guerra: “Miedo, honor e interés” muy frecuentemente el “honor” dignidad nacional herida, la autoestima - es indudable que para los rusos la caída de la URSS fue traumática y humillante - puede llevar a un político con problemas internos graves en todos los frentes a recurrir a  medios bélicos para aunar esfuerzos en torno a un régimen, un sistema o su propia persona.

Lo que si deberían tener claro es que la irracionalidad de un conflicto puede llevar a que esa parte de Ucrania que no participa de la “gloria común” que más bien recuerda las masivas masacres y destrucción material llevada a cabo por esos mismos invasores no hace tantos años, podrían presentar, independientemente de la colaboración externa, una resistencia más allá de cualquier expectativa de paseo militar.  Las guerras se sabe cómo empiezan, y la mayoría de las veces ni eso, lo que es indiscutible es que no se sabe cómo terminan. 

No sería la peor de las soluciones llegar a lo que los estrategas llaman “finlandización”, muchos parecen olvidar que el conflicto es antiguo y ya en el pasado se llegó a esa solución: una Finlandia al este y otra al oeste, tras varias guerras, se optó por el pragmatismo. No es una solución ni justa ni perfecta pero de alguna manera bien evidente la solución alterativa es catastrófica.


 

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