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Vicente Baquero2 de septiembre de 2022

MAYORIAS Y MINORIAS

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Aunque existan múltiples definiciones y matices respecto a lo que entendemos por un régimen político democrático, desde los clásicos griegos hasta los regímenes totalitarios socialistas del siglo XX, lo que parece que debería ser evidente, por el significado del término mismo, es que se trata del un gobierno en el que prevalece la opinión mayoritaria, a lo que en las democracias liberales occidentales se ha incluido, como condición “sine qua non”, el concepto más concreto de “estado de derecho” como condición imprescindible para proteger los derechos individuales elementales de las minorías.

Pues creo que, en España, al igual que en otros estados no tan lejanos, todo este modelo de organización política se ha visto alterado por una tergiversación de funciones en que se han mezclado, indistintamente, conceptos de derecho público, esfera en el que sin duda se incluye el sistema electoral de una nación: su funcionalidad y competencia, con el derecho privado que es el área bajo la que se debe encuadrar la libertad de pensamiento, opinión y organización.

Parece evidente que un gobierno que se apoya en el sufragio universal como criterio rector a la hora de designar a la clase gobernante sin más limitaciones que las que define el derecho, debería ser dirigido por aquellos grupos que más votos hayan obtenido, independientemente de que con respecto a la totalidad no posean la mitad más uno. Lo contrario es introducir un sistema en el que mediante pactos electoralistas de minorías y grupúsculos puedan, uniéndose, descaradamente, sin más objeto que impedir que gobierne el grupo o grupos mayoritarios, para imponer medidas contrarias al interés colectivo. En resumen, acaban gobernando minorías radicales como ha ocurrido y ocurre en España.

El sistema que permite gobernar al partido que más votos obtenga tiene la ventaja, al margen de la ideología e intereses que represente, que no se ve condicionado para optar al mando, por la decisión de grupos minoritarios, que a cambio de su apoyo acaban imponiéndole a la mayoría su política particular. Es evidente que sumados los votos de la derecha y la izquierda razonable, nunca saldrían adelante la mitad de las aberraciones políticas y jurídicas que hemos visto estos últimos años y que nos van a arrastrar al caos.

Alegar en su contra que tal sistema no protege las opiniones minoritarias es improcedente, ya que estos derechos de pensamiento, opinión y organización, están perfectamente protegidos por las leyes y pueden optar legítimamente a intentar obtener una mayoría, lo que no deben tener nunca es la capacidad de saltar a la esfera pública e imponerlos a la mayoría. Es una imposición que destruye absolutamente el criterio democrático mayoritario, por un simple argumento electoral para proteger intereses particulares que conduce irremisiblemente a que se subvierta la propia esencia del principio democrático, abriendo paso a otras formas de control político diferentes a las vigentes, apoyándose en la insatisfacción básica de la mayoría de la población.

Comprendo, que si a este sistema le unimos el principio de la elección de candidatos por circunscripciones, de manera que los diputados y senadores sean elegidos directamente por los ciudadanos, estamos hablando del criterio electoral anglosajón, que no ha sido el escogido por nuestra transición; habría que preguntarse por qué, considerando que los resultados históricos del mismo, con sus inevitables defectos, como afirmaba Churchill, han demostrado una incuestionable regularidad y continuidad, comparados con los sistemas continentales, como Francia que ya va por la 5 república, de Italia o Alemania más vale no hablar… España históricamente es un país suficientemente diverso como para no ensayar fórmulas disgregadoras vista nuestra historia: tres guerras civiles en el XIX, sin contar la “llamada independencia” americana y una en el XX, todas muy relacionadas con problemas territoriales ¡Por no hablar, remontándonos a las taifas o los reinos peninsulares en la edad media! Este es un tema en esta península equivalente a mencionar “la soga en casa del ahorcado”.

No creo que nadie piense que, si no hubieran estado condicionados, los dos grupos mayoritarios del panorama político español para poder gobernar, al tener que contar con apoyos de grupos, desde anti sistema, separatistas, y radicales hasta abiertamente utópicos, se hubieran tomada la mayoría de las medidas que se han tomado tanto por el PP como por el PSOE, Vox es una escisión del PP. Es fácil de deducir que no nos encontraríamos en un situación tan penosa y deprimente como la actual. Radicales y soñadores ha habido siempre, y habrá, y es natural que existan, sobre todo a ciertas edades, lo que no es normal es que estén en los gobiernos de facto dirigiendo al país. Me queda un aliento de optimismo quizá al pensar que la mayoría de los españoles no han perdido el sentido, es lo que nos mantiene, esperando a que en algún momento alguien tome el testigo y empecemos a darle la vuelta a este despropósito político. Sera una tarea ciclópea, dado el nivel de infiltración y degeneración del sistema y de intereses creado por el mismo.

La clave para acabar con esta aberración es evidente pero prácticamente imposible de implementar por la oposición de todas esas minorías y los beneficiados por ellas que “incendiarían la calle”, en sus propias palabras: que gobierne el partido mayoritario, quien más votos obtenga, y los ciudadanos que designen a sus representantes en todos los partidos. ¿Será posible?



 

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