
Pasar de una inflación anual del 211% a alrededor del 33.5% no arregla Argentina de un plumazo, pero cambia mucho la situación en favor de los argentinos. Tras 1000 días de Javier Milei en la presidencia, el mercado ya no discute tanto si la estabilización era una quimera como cuánto recorrido puede tener.
El arranque fue durísimo. Milei asumió en diciembre del 2023 con una economía atrapada en un patrón demasiado conocido: déficit fiscal sostenido con emisión, depreciación crónica del peso, controles de capital y una confianza erosionada durante años. Después, la inflación anual llegó a rozar el 290% y la mensual superó el 25%. No era una sacudida pasajera ni un susto importado, el problema estaba en casa.
Y su respuesta fue frontal:. recortó subsidios, ajustó el gasto público, redujo departamentos del Estado y cortó la financiación monetaria del gasto gubernamental, al tiempo que avanzaba en la liberalización del tipo de cambio.

Sus seguidores lo llamaron terapia de choque mientras sus detractores hablaron extremismo económico. La etiqueta importa menos que el resultado. Como ven, la desinflación ha sido muy rápida para un país con el historial de Argentina y la muy deteriorara confianza en el peso. El éxito, por tanto, es incontestable
Donde mejor se ve ese cambio es en la deuda soberano. En marzo del 2024, los diferenciales de Argentina seguían en zona de estrés. Había interés por la historia reformista pero faltaban más pruebas, pero a medida que estas fueron apareciendo, Fitch elevó la nota del país a B- en mayo del 2026 por la mejora de las cuentas fiscales y externas, los avances en reformas y unas mejores perspectivas de acumulación de reservas. Después llegó S&P, también con una subida a B-, apoyada en un acceso a financiación menos precario y en desequilibrios macroeconómicos más contenidos. Moody’s también sacó a Argentina de la categoría de mayor angustia crediticia.
El buen hacer, más allá del populismo opositor, es más que evidente. Las agencias de rating amplían o estrechan el universo de compradores potenciales, y eso acaba notándose en el coste de financiación. Argentina sigue claramente por debajo del grado de inversión y conserva una prima de riesgo alta frente a la mayoría de emergentes, pero esa prima se ha estrechado mucho. Los spreads soberanos se mueven hoy alrededor de 100bps por encima del conjunto single-B. Hace menos de tres años, el mercado exigía un castigo bastante mayor.

El riesgo país de Argentina cae por debajo de los 500 puntos básicos. Antes de llegar Milei, superó los 2.500 puntos básicos.
Eso también empieza a filtrarse a la economía real. Los superávits fiscales, la caída de la inflación y la liberalización del tipo de cambio han mejorado la relación con el IMF y con los prestamistas multilaterales, pero también con el capital privado. Y ahí está una de las claves, Argentina llevaba demasiado tiempo sin ofrecer algo básico para invertir a largo plazo: previsibilidad.
La mejora aún es incipiente, aunque ya se nota en el interés por proyectos de energía y minería. Vaca Muerta sigue siendo uno de los grandes reclamos del país, junto con su potencia agrícola y su capacidad minera. Conviene no confundir causa y efecto: la disciplina fiscal no crea crecimiento por sí sola, lo que hace es despejar el camino para que el dinero privado vuelva a mirar al país sin asumir que tarde o temprano llegará otra marcha atrás.
Eso sí, la foto está lejos de ser limpia. El ajuste ha tenido un coste social evidente. Los ingresos reales cayeron al principio, la pobreza repuntó durante la corrección y la tensión social sigue alta. Aunque todo eso fue la medicina para limpiar el páis y preparar el actual crecimiento, la sociedad muchas veces no entiende la correlación. A eso se suma la controversia política permanente y el ruido por la criptomoneda LIBRA, un episodio que abre dudas sobre criterio y gobernanza. Y en un proceso de normalización, la credibilidad institucional pesa.
Por eso sorprende menos de lo que parece que muchos inversores sigan siendo prudentes. Argentina ya ha encadenado falsas arrancadas antes. La diferencia es que hoy el debate de mercado ha cambiado de tono. A finales de 2023 se discutía si el país podía salir del bucle de crisis, controles y pérdida de valor de su moneda. A estas alturas, la conversación va más sobre la durabilidad de la mejora y sobre hasta dónde puede llegar. Para Argentina, que tantas veces ha frustrado incluso a sus partidarios, el cambio de guion ya tiene valor propio.