
Cada vez que se le pregunta a un hipotético experto sobre la marcha de los mercados nos encontramos que, o bien se apoya en lo que se denominan “fundamentales” situación económica general y de empresa, o en argumentos “técnicos” los ciclos y la estadística sobre la evolución de las cotizaciones.
Este planteamiento en muchos casos se da en paralelo, ya que normalmente salvando algunos casos de recalcitrantes partidarios de una o de otra teoría, son útiles a la hora de tomar decisiones. Lo que con frecuencia se tiende, no tanto a obviar, sino a no entrar en profundidad, es el peso de la política en general y la política económica que de ella se deriva en la marcha de los mercados y en los valores en particular. Hay una cierta reserva a la hora de emitir opiniones pues últimamente, más que nunca, los agentes económicos temen el rechazo que producen tales opiniones de emitirse contradiciendo los discursos oficiales. Es evidente para quien quiera verlo objetivamente que toda opinión se emite en un medio y que la mayoría de los medios en España en concreto viven de una u otra manera enchufados al beneplácito oficial, ya que por sí solos no se sostienen económicamente.
Por ello solo nos quedan las conversaciones privadas o los medios alternativos para expresar opiniones contrarias a las versiones “políticas” sobre la situación económica real y las posibles consecuencias sociales que puedan derivarse de tales decisiones demagógicas o electoralistas, lo malo es que dichas opiniones no alcanzan a una mayoría suficiente del público inversor, como para provocar electoralmente un cambio de política económica entre las clases dirigentes, quedando únicamente una auténtica debacle como medio de volver a la realidad. Es una desgracia que sólo el colapso completo de una sociedad, Venezuela, por ejemplo, sea necesario para que a la postre un número suficiente de personas se den cuenta de la falsedad de los cantos de sirena de tales sistemas, y con harto dolor y sacrificio, y no en todos los casos, se salga del caos generado.
Un ejemplo más claro y evidente de lo anterior, a la hora de tratar de identificar las causas de las crisis económicas, más allá de las cíclicas, es el actual discurso económico, no solo en España sino en Europa en general, en el cual la mayoría de los partidos, incluyendo los conservadores, obvian por miedo a perder votos los verdaderos problemas subyacentes y por consiguiente a poner remedios eficaces, no meramente soluciones cosméticas de carácter temporal.
Cualquiera que tenga algo de memoria y recuerde lo ocurrido en el momento en que el euro fue adoptado como moneda única, recordará cómo los productos y servicios se encarecieron notablemente, cosas tan elementales como un café pasó de 100 pts. a un euro de golpe un incremento de más del 60%, de un día para otro, y como eso, en pequeña escala, se produjo prácticamente en todos los productos y servicios correspondientes, ya que resultaba imposible controlar el nivel de precios a la hora de implementar la nueva moneda. La base de dicha conversión se hizo en función de monedas mucho más fuertes y con salarios muy superiores a los nuestros, lo cual disparó los precios en nuestra área económica. El problema fue que los salarios y los ingresos de los trabajadores por cuenta ajena se mantuvieron fijos en el anterior cambio, con lo cual la pérdida de poder adquisitivo para un sector mayoritario de la población española, y una buena parte de la europea, no todos llegaban ni de lejos al nivel germano, se vio negativamente afectada y esto obviamente repercutió en la capacidad de consumo y ahorro de la población.
Tal disminución no se hizo evidente en las cifras a nivel macroeconómico por la entrada de capitales foráneos en nuestra península y por el incremento del gasto público, lo cual se ha traducido a la larga en un incremento exponencial de la deuda pública y de la acelerada liquidación y venta de empresas españolas a capital extranjero. A todo lo anterior debemos añadir la acelerada y sustancial subida de impuestos a todos los niveles renta, IVA, especiales, IBIs etc. que ni de lejos ha sido compensada con incrementos salariales comparables. No estoy defendiendo ni mucho menos la política sindical de reclamar sin más aumentos lineales, no relacionados con la productividad, sino constatando un hecho que creo puede explicar muchas cosas, esto ha llevado a que la capacidad de ahorro, imprescindible para fomentar cualquier intento de inversión nacional sana al margen del endeudamiento que supone la inversión pública, haya prácticamente desaparecida, al igual que se haya producido una importantísima pérdida en la capacidad de consumo de un sector mayoritario de la ciudadanía.
Parece una obviedad, pero debe repetirse hasta el hastío que cualquier recuperación económica positiva real debe estar sustentada por una importante inversión privada, fruto del ahorro, como consecuencia de la cual se multiplican las empresas se producen más bienes y servicios, se crean puestos de trabajo y se incrementa el consumo, que a su vez se traduce en mayores beneficios que a su vez generan más capital y empleo.
Difícilmente puede producirse una recuperación real y sostenible, como está tan de moda decir hoy en día, en las actuales circunstancias, con los particulares asfixiados económicamente por unos sueldos bajos, en función de los precios y servicios, unos impuestos desorbitados en función del nivel de ingresos, poco puede quedar para pensar en una mejoría en función de un aumento del consumo nacional, a medio y largo plazo, si no se cambia de política económica, una política que penaliza el ahorro y al trabajo, desincentiva la inversión y padece de una inseguridad jurídica escandalosa.
¿Qué nos queda para conseguir el crecimiento de las empresas y que tal crecimiento se traduzca a cotizaciones en bolsa que animen a la inversión nacional? Pues la exportación, como han apuntado y destacado una serie de empresas nacionales que han conseguido abrirse paso en el exterior, la competitividad en precios que se está consiguiendo a base de apretar el ritmo de trabajo de una masa laboral cada vez más reducida, la entrada de capital extranjero, como está sucediendo sobre todo en el sector inmobiliario a nivel particular y corporativo a nivel de gran empresa… Pero estas soluciones son temporales, no puede sostenerse a la larga: un crecimiento solo basado en esos motores. Se requiere el consumo e inversión nacionales, que son imprescindibles, ya que tampoco en nuestro entorno están dispuestos a seguir comprando indefinidamente, ni los inversores lo hacen de manera indefinida, ni siquiera constante, por tanto, si queremos pensar en una recuperación viable y a largo plazo habrá que ir a las raíces de nuestros males y estos son básicamente políticos, no tanto económicos. Si no se reduce muy considerablemente el gasto público, se reducen impuestos, se elimina burocracia, de manera que la deuda pública se reduzca a un 60%, ratio que se estableció para entrar como requisito en el propio euro ¡nos hemos olvidado! el servicio de la deuda ahogará cualquier intento de ahorro o inversión. Un gobierno que por el contrario lleve una política inversa nos lleva indefectiblemente a la quiebra. No es una teoría, es una realidad tan clara como que el sol sale por el este y se pone por el oeste.
Por tanto, cualquier inversión que vaya a plantearse debe ser a corto plazo con una cautela considerable ya que la imprevisibilidad de la situación política es tan evidente, la de España y la de Europa, que necesariamente ha de tener consecuencias decisivas en la marcha de las empresas y por consiguiente en todos los mercados. Hemos padecido crisis en el pasado, no suponen el fin del mundo, las nuevas circunstancias determinarán nuestras inversiones, pero tengamos en cuenta que dependiendo de nuestra situación así será la gravedad de la misma.
AUTOR