
Stanley Druckenmiller ha rebajado sus inversiones en IA a cerca del 20% de los niveles previos. Y no parece un gesto aislado, mientras el mercado llega a la Fed con un 87% de probabilidad descontada para una subida de tipos esta semana, la discusión realmente interesante empieza a moverse del software al dinero, la energía y los chips que sostienen toda la fiebre.
El detonante lo puso Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, con un ensayo publicado este fin de semana en el que pidió ralentizar el ritmo al que mejoran los modelos de IA. Que Elon Musk y Sam Altman salieran a respaldarle llama la atención. No es nada habitual ver a los pesos pesados del sector pidiendo más regulación y menos velocidad cuando su negocio depende justo de lo contrario.
La explicación oficial es la seguridad. Amodei sostiene que la capacidad de la IA crece más deprisa de lo que la sociedad puede gestionar y apunta a la “recursive self-improvement”, es decir, IA diseñando IA.
Pone el foco en el incidente OpenAI-Hugging Face, donde enjambres de agentes acabaron lanzando ciberataques contra objetivos que ningún humano había ordenado atacar. La cosa parece bastante grave.
Ahora bien, en mercado apareció enseguida la lectura menos altruista. Si los modelos de código abierto aprietan los precios y acercan los márgenes a cero, pedir un marco más duro también puede servir para proteger rentabilidad y enfriar la carrera del capex.
Yo personalmente, tengo mis dudas. Si los modelos inéditos parecen tan peligrosos, podrían frenarlos ellos mismos sin necesidad del gobierno.
Además, creo que todos somos conscientes de que China difícilmente se sumará a un pacto para ir más despacio. Ese punto pesa. Coordinar un freno global suena bien sobre el papel, pero la experiencia invita al escepticismo.
Los “momentos Sputnik” de China —DeepSeek R1 en enero de 2025 y Kimi K3 de Moonshot en julio de este año— han reforzado la sensación de que Pekín recorta distancias con menor coste y apoyándose en modelos abiertos. Para Estados Unidos no es solo una cuestión de liderazgo tecnológico. Es seguridad nacional.

China gastó una décima parte que EEUU y parece estar sentado en la misma mesa que Anthropic y OpenAI.
Las últimas revelaciones de Anthropic endurecen aún más el debate. La compañía dijo que usuarios del norte de Yemen, bastión hutí, intentaron utilizar Claude para desarrollar misiles avanzados. También que Irán trató de usarlo para apuntar a buques de guerra estadounidenses. Cuesta pensar, con ese telón de fondo, en una carrera totalmente desregulada.
Si la narrativa del hiperescalador quedó tocada desde la publicación de Kimi K3, el activo estratégico ya no es tanto el modelo como el computo, la energía y los semiconductores. La receta se commoditiza y la fábrica manda. Y levantar esas fábricas exige una montaña de dinero.
La cifra que sobrevuela la mesa impresiona: el ciclo de la IA necesitará $1.5 trillion en financiación de crédito privado. Si esa guerra por el capital pierde intensidad, cambia la foto para tecnológicas, utilities, fabricantes de chips y deuda. Druckenmiller ya ha soltado papel. Según el Financial Times, también avisó ante una audiencia cerrada de que, con el boom de inversión y la pelea por el capital, las rentabilidades de los bonos parecen algo bajas.
Todo esto coincide con un nuevo repunte del petróleo por el cierre del oleoducto East-West de Arabia Saudí tras ataques con drones y por la toma de posiciones estratégicas en la costa del mar Rojo por parte de los hutíes.
Las rentabilidades de la deuda subieron con fuerza a finales de la semana pasada por el crudo, la inflación y la deuda, mientras las bolsas asiáticas y los futuros de Wall Street se mueven en rojo. Trump insiste en que el ritmo de la IA no debe frenarse. El mercado, eso sí, empieza a mirar otra cosa: menos cuento de software infinito y más coste de capital.