
El 3.63% del PIB de EEUU cada año. A eso equivale, según el economista Stijn Van Nieuwerburgh, el esfuerzo inversor ligado a la inteligencia artificial entre 2025 y 2032: 10.3 billones en centros de datos, sistemas eléctricos, redes, chips especializados y otros equipos. El dato impresiona más cuando se compara con los viejos gigantes de la infraestructura: el sistema de autopistas interestatales supuso cerca del 1.13% y el despliegue de telecomunicaciones y fibra durante la burbuja puntocom, alrededor del 1.1%.
El movimiento no es menor. No extraña que The Wall Street Journal lo haya presentado como la mayor apuesta económica de la historia del país. El mercado compra la idea de que la IA elevará la productividad y acabará justificando una factura inédita. El problema está en el calendario. Gran parte del coste llega ahora, sin embargo, el beneficio, si aparece en la magnitud esperada, vendrá después.
Esa brecha ya preocupa en la Reserva Federal. Michael Barr ha advertido de que el tirón de la inversión asociada a la IA está disparando la demanda de ciertos bienes tecnológicos y empujando los precios para empresas y consumidores. Su lectura no es apocalíptica: espera que la IA termine mejorando la productividad y permita crecer más sin tanta inflación. Eso sí, también admite que esa misma demanda, junto con la subida de la energía, ha desviado el avance de los precios respecto al objetivo del 2% y podría exigir más endurecimiento monetario.

Lisa Cook lanzó un aviso parecido esta semana. Situó la presión inflacionista derivada del despliegue de la IA entre sus principales inquietudes para 2027, con un foco claro: que los cuellos de botella duren más de lo previsto mientras todo el mundo sigue esperando la gran mejora de productividad.
La secuencia es bastante simple. Primero hay que levantar centros de datos, fabricar chips, reforzar la red eléctrica y contratar personal. Después, con suerte, llegan las eficiencias. Sorprende que una parte creciente del relato macro dependa de que ese desfase no se alargue demasiado. La IA puede cambiar la economía y, aun así, salir demasiado cara si el despliegue va muy por delante de los retornos.
Los costes de la IA llegan hoy; la productividad prometida, quizá mañana.
Donde esa tensión se ve mejor es en la electricidad. Los grandes centros de datos consumen enormes cantidades de energía y obligan a construir nueva capacidad de generación, líneas de transmisión y más infraestructura de red. La pregunta ya no es teórica: quién paga la factura.
El Senado de EEUU estudió esta semana una propuesta para que los reguladores estatales valoren si los grandes consumidores eléctricos, como los centros de datos, deben asumir el sobrecoste de la infraestructura necesaria para atenderlos, en vez de trasladarlo a los hogares.

La iniciativa ya había salido adelante en la Cámara de Representantes por 417-3. En el Senado se quedó en 57 votos, a tres de los 60 que necesitaba para seguir avanzando.
Había diferencias políticas sobre el texto. Unos lo veían insuficiente para proteger al consumidor; otros, como una forma de hacer que los centros de datos respondan por el coste que generan. Pero el debate de fondo era el mismo. Cómo evitar que una apuesta industrial de 10.3 billones de dólares termine colándose en la economía doméstica.
Ahí es donde la historia deja de ser solo tecnológica y pasa a ser macroeconómica. Desde TradingPRO hemos explicado repetidas veces que una parte de la esperanza oficial para aliviar la posición fiscal de EEUU descansa en un salto de productividad ligado a la IA. Tiene lógica. Más crecimiento implica más renta, más ingresos fiscales y una deuda menos pesada en relación con el PIB. Ahora bien, las cuentas siguen muy tensas. El congreso prevé que la deuda federal en manos del público pase de alrededor del 101% del PIB en 2026 al 175% en 2056. Y si los tipos acabaran apenas un punto por encima de su escenario base, la ratio subiría al 222%.
Llama la atención la concentración del riesgo. Más inversión, más demanda eléctrica, más presión sobre los precios y más fe en que la productividad llegue a tiempo. La historia económica está llena de tecnologías que cambiaron el mundo después de arrasar mucho capital por el camino. Los ferrocarriles son el ejemplo clásico. La IA puede ser transformadora, lo que no garantiza es que cada dólar comprometido hoy vaya a rendir lo que descuentan las manos fuertes.