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Jose Basagoiti•16 de octubre de 2026

La depresión "silenciosa: ¿y si midiéramos la economía en oro en lugar de en euros?

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Quizá no vivamos una depresión económica convencional, pero sí una crisis silenciosa del poder adquisitivo que las cifras nominales ayudan a ocultar.

La ilusión monetaria

Hay una pregunta que rara vez ocupa las portadas de los periódicos económicos: ¿somos realmente más ricos o simplemente manejamos cifras más grandes?

Un trabajador puede ganar hoy el doble que hace veinte años. La bolsa puede marcar máximos históricos. El precio de la vivienda puede multiplicarse. El producto interior bruto puede crecer año tras año. Sobre el papel, la economía parece avanzar.

Pero ¿qué ocurre si dejamos de medirlo todo en euros o dólares y empezamos a medirlo en oro?

La respuesta no es cómoda. Al cambiar la unidad de medida, cambia también la historia que contamos sobre la riqueza, el ahorro y el progreso. Y aparece una posibilidad inquietante: que una parte de la prosperidad que creemos haber acumulado sea, en realidad, una ilusión monetaria.

La dura realidad es que podemos estar mejorando en términos nominales mientras perdemos capacidad para adquirir determinados bienes.

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Si medimos la bolsa en términos de algo que no se puede imprimir, la cosa cambia bastante. Por tanto, el precio nominal de una acción nunca es suficiente para determinar cuánto ha mejorado la riqueza del inversor.

El dinero también puede engañarnos

La primera trampa está en la propia unidad con la que medimos el éxito.

Cuando decimos que una vivienda ha pasado de costar 150.000 a 300.000 euros, concluimos que su precio se ha duplicado. Cuando afirmamos que un salario ha aumentado de 25.000 a 40.000 euros, hablamos de una mejora del 60%.

Pero esas cifras, por sí solas, no nos dicen cuánto ha mejorado realmente nuestra situación.

Para averiguarlo, necesitamos comparar los precios y los ingresos con aquello que queremos comprar. Podemos utilizar una cesta de consumo, el coste de la vivienda, el tiempo de trabajo necesario para adquirir determinados bienes o, como ejercicio alternativo, una cantidad de oro.

El oro resulta especialmente interesante porque no es una promesa de pago emitida por un gobierno o una empresa. Es un activo escaso, con una historia monetaria de siglos y un mercado global. No está libre de volatilidad ni constituye una medida perfecta del valor, pero permite observar la economía desde una perspectiva diferente.

Y esa perspectiva plantea una pregunta fundamental: ¿cuánto de nuestro supuesto enriquecimiento procede de haber creado más riqueza y cuánto de haber cambiado el valor de la unidad con la que la medimos?

La vivienda: el activo que se revaloriza mientras el acceso se aleja

La vivienda es probablemente el ejemplo más evidente de esta contradicción.

Durante años, los propietarios han visto aumentar el valor nominal de sus inmuebles. En muchos mercados, comprar una casa exige hoy un esfuerzo financiero considerable para quienes dependen exclusivamente de sus salarios.

El relato habitual celebra la revalorización del patrimonio inmobiliario. Sin embargo, para quien todavía no tiene una vivienda, esa misma subida representa una barrera de entrada.

El propietario puede sentirse más rico porque su casa vale más. El joven que necesita comprarla descubre que tiene que ahorrar durante más años, asumir una hipoteca mayor o depender de ayuda familiar.

Los dos viven en la misma economía, pero experimentan realidades opuestas.

¿Y si expresáramos el precio de una vivienda en gramos de oro en lugar de en euros?

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La pelicula cambia bastante, ¿no?. Si las personas ahorrasen en oro en vez de en FIAT, no habría tanto problema de accesibilidad. El problema esta en la unidad de ahorro, no tanto en el activo.

Una vivienda puede encarecerse en euros sin mejorar en la misma medida su capacidad para comprar otros activos. Y, sobre todo, una sociedad puede acumular un patrimonio inmobiliario nominal cada vez mayor mientras dificulta el acceso a la propiedad de las generaciones más jóvenes.

La pregunta no es cuánto vale una casa, sino qué esfuerzo económico exige adquirirla y qué alternativas patrimoniales ofrece ese dinero.

Los salarios: ganar más no significa necesariamente vivir mejor

El mismo razonamiento se aplica a los ingresos.

Un aumento salarial puede ser real, nominal o una combinación de ambos. Si el sueldo sube un 20%, pero los precios de los bienes y servicios que consume el trabajador aumentan en una proporción similar, su capacidad adquisitiva apenas habrá mejorado.

si los salarios no crecen de forma sostenida por encima del coste de la vida y del acceso a los activos esenciales, trabajar durante más años no garantiza acumular más patrimonio.

Podemos tener una economía que genera más producción, más tecnología y más ingresos nominales, pero en la que una parte de los trabajadores siente que cada vez le cuesta más construir una vida económicamente independiente.

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No hace falta llamar depresión a esa experiencia para reconocer que existe un problema. En TradingPRO simplemente le llamamos "malos tiempos".

Conclusión

La moneda fiduciaria no condena automáticamente a nadie a la pobreza. Las economías modernas han experimentado enormes avances en productividad, salud, esperanza de vida, tecnología y acceso a bienes que generaciones anteriores apenas podían imaginar.

Además, la inflación no es una constante inevitable ni tiene siempre la misma intensidad. Las monedas fiduciarias pueden mantener un poder adquisitivo relativamente estable durante periodos prolongados, y los salarios reales pueden crecer de forma significativa cuando aumenta la productividad.

Sin embargo, el sistema sí puede crear incentivos que perjudican a quienes dependen exclusivamente de ingresos laborales y mantienen sus ahorros en efectivo durante largos periodos.

La consecuencia potencial es una brecha patrimonial entre quienes ya poseen activos y quienes todavía intentan adquirirlos.

¿A qué esperas entonces?. El que no entienda este concepto tan básico y empieza ya a ahorrar - invertir - capitalizar se va a quedar totalmente descolgado. La socidad debe dejar de confundir el crecimiento nominal con el progreso económico y entender que vivimos en un sistema donde los rendimientos del capital van a aplastar a los rendimientos del trabajo.

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