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Vicente Baquero17 de marzo de 2022

EL OCTAVO MANDAMIENTO

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“No dirás falso testimonio ni mentirás” Tal es la ley mosáica en el antiguo testamento. Conocer y decir la verdad en principio va mucho más allá: la verdad con mayúsculas se nos escapa a los humanos; lo que se nos exige taxativamente es básicamente, en nuestra experiencia diaria,  no mentir. De hecho el mismo San Juan reafirma, en el nuevo testamento, señalando al mismísimo diablo, a Satanás en persona, como el padre de las mentiras.

El problema surge en ese universo intermedio sujeto a interpretaciones y tergiversaciones en las que se juega, no a buscar la verdad,  sino a confundir al contrario mediante falsedades verosímiles o realidades adornadas. Es el tremendo y funesto mundo de la llamada “desinformación”. Es precisamente en este terreno donde se está librando una batalla sin cuartel en todos los terrenos del conocimiento en este mundo dominado por la publicidad e intercomunicación.

En todo conflicto complejo, e incluso en los más simples, la vida en si es complicada, se deben abarcar infinidad de aspectos históricos, geográficos, políticos, sociales, psicológicos, prácticos, emocionales… en fin es imposible señalar a uno solo como el determinante exclusivo de las razones causas o responsabilidades de una desgracia o un acontecimiento, lo único que podemos hacer a la hora de evaluar toda información, para aclarar nuestras ideas a la hora de llegar a conclusiones, es tratar en primer lugar evitar que los árboles nos oculten el bosque, y en segundo lugar optar por el más razonable el más ecuánime de los argumentos y rechazar lo más negativo en su conjunto. Dentro de toda situación siempre habrá la versión más veraz, no la verdad completa, pero si la más ajustada,  la menos desviada de la verdad de los hechos.

 El utilizar la mentira o la media verdad por parte de los medios de comunicación, públicos o privados, como arma arrojadiza y destructora de la tesis de la parte contraria, con el objeto de confundir, es lo que constituye el propósito mismo de la “desinformación”, no tanto colar bulos e inexactitudes, sino crear una impresión que lleve a los oyentes, lectores o espectadores a que todo da igual: es enturbiar el agua precisamente para que no se pueda ver con claridad, y quien  ejerce ese viejo oficio de confusión,  es responsable de las desgracias que de ello se deriven, no es una postura “inocente” ni “profesional”, se es responsable personal y corporativamente de las consecuencias de esa misma “desinformación.   Al equiparar todas las posturas se tergiversa la realidad para inclinar la balanza a favor de la deseada por el promotor aunque esta sea básicamente falaz e interesada.

Desgraciadamente no es nada nuevo, es una vieja técnica para erosionar la moral ajena, ampliamente practicada en las guerras, la diplomacia, la educación o en el comercio, se viene utilizado desde la más remota antigüedad, recordemos la eficacísima arma de “la Leyenda negra” contra España en su día que todavía perdura. Es evidente que la leyenda rosa tampoco es aceptable, pero desgraciadamente tampoco ha tenido mucha difusión fuera de nuestras fronteras, con lo cual, el daño resultante ha sido permanente en cuanto a la imagen de nuestro país.

Estaremos sometidos a este presente continuo de agitación, a esta plaga de “desinformación” en todos los campos desde la política nacional hasta la mismísima guerra, su desarrollo o sus consecuencias a lo largo del tiempo que dure. En ese punto precisamente, lo único que debemos tener claro es que el futuro de Europa en gran medida y la paz en el mundo, están sobre el alero tras la invasión de Ucrania, por la decisión de un hombre, con unas ideas preconcebidas, apoyado en un sistema que dispone de armas de “destrucción masiva” sin paliativos. Ese hecho es incontestable independientemente de los pecados contrarios, el riesgo es real y sus consecuencias las estamos empezando a sentir.

Debemos tener claro, al margen de cualquier información, o desinformación, privilegiada o no,  claras nuestras ideas. Muy probablemente nuestro futuro dependa en gran medida de las medidas y sacrificios que estemos dispuestos a asumir en el presente, lo último que necesitamos ahora son mentiras o similares, unos medios de comunicación o una clase política en España, Europa y en el mundo, enfrascada en una guerra de “relatos” y fantasías “postmodernas” para salvar su imagen, al margen de la realidad.


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