
Ya estamos acostumbrados a que malos datos macroeconómicos sean celebrados con alzas por las bolsas, algo totalmente contraintuitivo, ya que un mal desarrollo económico debería reflejar tensión en la cotización y no al revés. Sin embargo, en la última década, han sido tan manipulados los mercados con las políticas monetarias de los Bancos Centrales, que los inversores optan por celebrar las malas noticias a sabiendas de que éstas obligarán a mayor estímulo por parte de los planificadores. Básicamente, los mercados se han hecho adictos a la droga monetaria, como un yonqui a la metadona en un proceso de desintoxicación.
De esta manera, los mercados ya no reflejan el riesgo real de los activos y mucho menos sirven de termómetro para analizar el estado de salud de la economía. Este comportamiento artificial puede sostenerse por un tiempo, pero ni mucho menos es indefinido, ya que un desajuste desproporcionado siempre acaba por estallar.
Las políticas de reflación agresivas y las recuperaciones basadas en deuda acaban generando burbujas y sobrecalentamiento económico. Y no existe el “esta vez es diferente”, como dice el dicho, la historia no se repite, pero tiende a rimar.
Estamos viendo las mismas pautas que en pasadas burbujas, las mismas fases y los mismos patrones -- Shock-crash (pandemia del Covid), política agresiva de reflación y aumento de la masa monetaria, euforia y FOMO bursátil (muy parecido al de la república de Weimar o a la crisis dot com), sobreapalancamiento y margin debt histórico y, por último, pánico. Por suerte, aun no hemos llegado a esa fase.
La semana pasada terminó con un verdadero shocker macro, ya que el aumento en las nóminas no agrícolas de EE. UU (+ 266K) se quedó muy por debajo del millón que se esperaba. Esto también se debió a que no se dio una explicación exhaustiva de la decepcionante cifra de puestos de trabajo. Pero probablemente fue una combinación del impacto aún persistente del Covid-19 en la actividad y la movilidad, y, en relación con eso, las limitaciones que rodean el cuidado de los niños, un tema que la administración Biden está tratando de abordar y que tal vez esté sirviendo como un momento de reflexión después de la primera gran ola de (re)contratación.
La productividad también aumentó más rápido de lo esperado, reduciendo la necesidad de contratación. Pero lo más llamativo es la reacción a las cifras de empleo: las acciones subieron, alimentando la fase comentada en la que las malas noticias son buenas noticias y viceversa. Los números macro decepcionantes reducen las probabilidades de un endurecimiento de las políticas, un tema al que los mercados han demostrado ser muy sensibles.
Y esta semana, tenemos de nuevo esa disyuntiva. La gran cita será el dato de empleo que se publicará el viernes. En función de lo que salga podemos tener bastante movimiento. Un dato muy bueno volvería acelerar todos los miedos, mientras que un dato malo como el del mes pasado tranquilizaría los ánimos.
No hace falta decir que esta irracionalidad de los mercados es un esquema común de toda fase de burbuja, con las etapas analizadas en el párrafo anterior.