
La velocidad de circulación del dinero (V) es el número de veces que una unidad monetaria (un euro o un dólar, por ejemplo) cambia de manos durante un año. Teóricamente, la velocidad de circulación del dinero es el número de veces que una unidad monetaria se transforma en renta durante un año.
En términos generales, se podría decir que el dinero que se utiliza para gastos corrientes va mucho más rápido que el que se dedica al ahorro. Por tanto, si los individuos de una colectividad deciden ahorrar menos y consumir más, la velocidad de circulación tenderá a aumentar.
Las expectativas de inflación también influyen en la velocidad. Las expectativas de precios elevados aceleran la demanda de materias primas u otros inputs por parte de las empresas y la compra de bienes de consumo por parte de las familias. Se produce, por tanto, un aumento de V.
Con todo esto, La previsión de la evolución de la velocidad de circulación del dinero es un factor clave para la determinación de los objetivos de política monetaria. Porque si se establecen políticas expansivas (bajos tipos de interés o flexibilización cuantitativa) y con eso no se aumenta la velocidad del dinero, se estará cayendo en una trampa de liquidez. Esto es que el aumento de la base monetaria no acarree un aumento del consumo y, por tanto, no consiga estimular el crecimiento económico. Y precisamente es lo que está pasando en los últimos lustros en EEUU o Japón.
Las fuertes políticas, que han llevado sus balances a niveles record, no han ido acompañados de mayor gasto en la economía real. Y esto es porque los agentes financieros son cada vez más prudentes, tanto los bancos en prestar, como los consumidores en pedir prestado. Esto hace que la velocidad del dinero, a pesar del aumento de liquidez, caiga. Es decir, toda la liquidez que inyecta el BC (comprando bonos y productos financieros) y que llena de reservas a los bancos comerciales, no acaba de llegar a la economía real. Y es normal que los agentes sean más cautelosos, ya que es evidente que el precio del dinero y el precio del interés están totalmente manipulados, lo que no genera confianza alguna.
Además, el hecho de perpetuar políticas expansionistas, nos está llevando inequívocamente a una zombificación de la economía. Los tipos artificialmente bajos hacen que la productividad de la economía sea cada vez menor, ya que proyectos que antes no sobrevivirían, ahora sí lo hacen. Por lo tanto, los inversores tienen cada vez menos proyectos en los que invertir, por lo que el dinero se canaliza en activos líquidos y bonos (seguros), aumenta el ahorro y cae el gasto. De nuevo políticas expansivas tienen el efecto contrario al que se quiere, la velocidad del dinero cae. Trampa de liquidez.
El dinero no llega como se querría a la economía real, pero sí a la financiera, donde vemos burbujas en los bonos y bolsas. Los Bancos Centrales compran activos financieros a los bancos, inflándolos, pero luego los bancos no distribuyen ese dinero como se esperaría, porque, como hemos contado, la situación económica es bastante más compleja.
Y Maynard Keynes era muy consciente de que la aplicación de su teoría general podía desembocar en esta situación, es decir, que el abuso de la masa monetaria pudiera acarrear consecuencias contraproducentes en la economía. Pensar que los gobiernos no iban a profanar la teoría en su favor fue quizá una insensatez de Keynes, algo que, según cuenta Friedrich von Hayek, reflexionó en su lecho de muerte, consciente de que podría haber creado una herramienta peligrosísima de control social.
Hoy estamos viendo sólo las primeras consecuencias de este coctel explosivo.