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TradingPro3 de septiembre de 2026

El S&P 500 desconcierta: caro por CAPE, barato por PEG

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  1. Ese es el Shiller CAPE del S&P 500. Desde 1881, solo hubo una vez en la que el mercado cotizó más caro con esa vara: en los últimos meses de la burbuja puntocom. Y, al mismo tiempo, el PEG —que cruza precio y crecimiento esperado del beneficio— marca su nivel más bajo en al menos tres décadas, quizá el más barato de toda la serie. El choque no es menor.

La pelea entre ambas métricas se resume en una pregunta incómoda: qué pesa más, lo que ya han ganado las 500 compañías del índice o lo que Wall Street cree que van a ganar en los próximos años. Las dos ratios miran al mismo S&P 500, pero no miran el mismo tiempo. Ahí está todo.

El CAPE mira por el retrovisor; el PEG compra un futuro muy exigente

El CAPE parte de una idea conocida: usar beneficios reales, no promesas. En vez de tomar solo el último año, como hace el PER clásico, utiliza diez años de ganancias para suavizar el ruido del ciclo. Tiene fallos, claro. Asume que el futuro no será muy distinto del pasado. Aun así, mantiene una relación sólida con la rentabilidad posterior a diez años del S&P 500. No sirve para adivinar el próximo trimestre, pero sí para poner precio al largo plazo.

El PEG juega otro partido. Su numerador es el PER forward, basado en estimaciones de beneficios para los próximos doce meses. El denominador es el crecimiento esperado del beneficio a 3-5 años. En el análisis, esa ventana se aproxima con cuatro años. El problema es viejo y bastante conocido en mercado: Wall Street suele pasarse de optimista. Las previsiones de BPA se recortaron en nueve de los diez años entre 2016 y 2025. Eso sí, 2026 y 2027 rompen de momento esa pauta y avanzan por encima de las estimaciones originales.

Cuando se amplía el foco, la fiabilidad empeora. La comparación entre las estimaciones de crecimiento a cuatro años y el crecimiento real posterior muestra muy poca correlación. Traducido: el PEG parece barato hoy porque la G, el crecimiento esperado, está disparada. De hecho, esa expectativa se sitúa en su nivel más alto desde al menos 1995. El numerador, el PER forward, sigue estirado. No es una ganga por precio; lo parece por la fe en lo que viene.

La IA sostiene el relato, pero el motor está en muy pocas manos

Aquí aparece el punto que más llama la atención. Ese crecimiento esperado no está repartido de forma homogénea por el índice. Descansa en unas pocas tecnológicas gigantes, mientras buena parte del resto del S&P 500 queda muy por detrás. El papel de los grandes nombres es tan dominante que distorsiona la foto agregada.

Los datos de FactSet sobre el segundo trimestre lo retratan bien. A mediados de julio, con cerca de un tercio del índice aún por publicar, los 7 magníficos elevaban sus beneficios un 31.1% interanual, frente a una tasa combinada cercana al 25% para el S&P 500. Apenas unas semanas después, el 7 de agosto, la tasa de crecimiento del trimestre se había más que duplicado hasta el 50.4%.

Buena parte del salto salió de solo dos valores. Alphabet anotó una revalorización de $98 billion en su cartera de participadas, principalmente por SpaceX. Amazon sumó una ganancia de $53 billion ligada sobre todo a Anthropic. Si se excluyen esos apuntes, la tasa combinada de crecimiento del S&P 500 baja del 50.4% al 32.0%. Dos compañías de quinientas explican dieciocho puntos enteros del avance del beneficio del índice. Sorprende, y mucho.

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La otra gran apuesta es el gasto en inteligencia artificial. Los hyperscalers van camino de destinar unos $700 billion a infraestructura de IA en 2026 y la proyección supera $1 trillion en 2027. Ese dinero aparece ahora como capex y, más tarde, como ingresos para un grupo pequeño de empresas que venden chips, capacidad cloud, construcción y sistemas eléctricos. Para el resto del índice, el traslado a beneficios está bastante menos claro.

Así que la respuesta corta no es blanco o negro. El CAPE avisa de una valoración exigente con base histórica. El PEG sugiere lo contrario porque da por buenas unas previsiones de crecimiento muy altas y muy concentradas. Si la IA sostiene ese ritmo y acaba ampliando su impacto al conjunto del S&P 500, el mercado puede no estar tan caro como parece. Si llega una recesión o se enfría el gasto previsto en IA, esa prima tiene más riesgo del que hoy descuenta la bolsa. Dicho de otra forma: el CAPE es el boletín de la última década; el PEG, una apuesta sobre la siguiente.

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