
Un 32% del S&P 500 pertenece a tecnología. Ese dato explica buena parte del idilio del inversor con los ETF que replican el índice estadounidense, pero también señala dónde está el riesgo. Porque sí, comprar un ETF del S&P 500 da acceso a 500 grandes cotizadas de Estados Unidos. Ahora bien, eso no equivale automáticamente a tener una cartera bien repartida.
La popularidad de estos fondos cotizados no sale de la nada. El índice ha ofrecido una rentabilidad bruta media del 10% desde 1957. Incluso después de golpes muy serios, como el desplome de más del 37% en 2008, fue capaz de rebotar con fuerza: casi un 26,5% en 2009 y un 15% en 2010. Con esos antecedentes y comisiones bajas, es lógico que mucho dinero haya entrado ahí durante años.
El matiz importa. Y bastante. La mayoría de ETF replica el peso real del índice. Eso significa que si Nvidia supone un 7% del S&P 500, también pesa ese 7% dentro del producto. No hay magia. Lo que hace subir al índice cuando el mercado premia a las grandes tecnológicas también puede pasar factura si cambia el ánimo, si se enfrían las expectativas sobre la inteligencia artificial o si el sector entra en una fase más áspera.
El movimiento no es menor porque la concentración sectorial ha sido precisamente uno de los motores del rally de la última década. Mientras las manos fuertes han seguido comprando crecimiento y múltiplos elevados en tecnología, el S&P 500 ha mantenido su atractivo casi intacto. Pero esa fortaleza tiene peaje: quien piense que está muy diversificado por tener “500 empresas” quizá esté simplificando demasiado.
Hay otro foco de concentración que suele pasar más desapercibido: el geográfico. Todo depende de Estados Unidos. Si la economía estadounidense tropieza o si llega una regulación más dura para sus grandes compañías, el golpe lo absorbe también el ETF que replica al índice. Sorprende que este punto se mencione menos cuando se habla de productos pensados para décadas.
Una salida habitual es mirar al MSCI World. Sobre el papel suena mejor: más de 1.500 empresas de los 23 países más desarrollados del planeta. El problema es que tampoco resuelve del todo la papeleta, porque entre el 60% y el 70% del índice sigue dominado por Estados Unidos. Si alguien combina un ETF del S&P 500 con otro del MSCI World, puede acabar con bastante solapamiento en cartera: Microsoft, Amazon, Apple, Tesla o Alphabet aparecen por duplicado. Más exposición, sí; mejor diversificación, no necesariamente.
Ahí gana interés el MSCI World ex-USA, que excluye a Estados Unidos y reúne grandes compañías de Europa, Canadá, Japón y Australia. La diferencia es relevante porque rebaja tanto la dependencia regional como la sectorial: fuera de EEUU, el peso tecnológico no resulta tan aplastante y aparecen con más fuerza segmentos como banca, automoción, industria pesada, minería o materias primas.
A eso se puede añadir exposición a emergentes mediante MSCI Emerging Markets, con presencia en países como China, India o Brasil. Y queda una última pieza que muchas carteras dejan fuera: las small caps. Índices como el Russell 2000, el Stoxx Europe Small 200 o el MSCI World Small Cap, este último con entre 3.500 y 4.000 empresas de pequeña capitalización de 23 países desarrollados, permiten abrir foco hacia negocios menos representados en los grandes índices.
Tener un ETF del S&P 500 no es un error. Confundirlo con diversificación total sí puede serlo.
Esa es la clave. El S&P 500 sigue siendo un activo muy potente y probablemente continuará siendo una referencia central para muchas carteras a largo plazo. Eso sí, reducir concentración tiene coste de oportunidad: si Wall Street sigue mandando y la tecnología mantiene el tirón, una cartera más repartida puede quedarse por detrás. Es la disyuntiva clásica del mercado. Más concentración para exprimir tendencia o menos dependencia para protegerse mejor cuando llegue una rotación sectorial seria.