
Las interrupciones en el tráfico marítimo a través del Estrecho de Hormuz han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión estratégica clave: ¿existe una ruta alternativa que permita a los países del Golfo exportar petróleo sin depender totalmente de ese punto crítico?
Una de las opciones más relevantes es el Mar Rojo. Aunque no puede sustituir completamente a Hormuz, sí puede actuar como una vía parcial para aliviar el impacto de posibles bloqueos o ataques.
Arabia Saudí llevaba años preparándose para un escenario de este tipo. Mucho antes de la crisis actual, el país construyó el oleoducto Este-Oeste (Petroline), una infraestructura que cruza el desierto saudí y conecta los campos petroleros del Golfo con terminales en la costa del Mar Rojo.
Gracias a este sistema, el crudo saudí puede llegar a los puertos occidentales del país sin necesidad de pasar por el Estrecho de Hormuz. En el contexto actual, esta capacidad se está convirtiendo en un elemento clave para mantener la estabilidad del suministro energético mundial.
Sin embargo, esta alternativa tampoco está completamente libre de riesgos. El Mar Rojo sigue estando dentro del alcance de misiles iraníes, y si los hutíes decidieran implicarse directamente en el conflicto, el impacto sobre el comercio energético podría ser muy grave.
Por qué el Mar Rojo tiene un papel estratégico
El Mar Rojo es uno de los corredores marítimos más importantes del planeta. A través del Canal de Suez, conecta el océano Índico con el mar Mediterráneo, facilitando aproximadamente entre el 12% y el 15% del comercio mundial, además de una parte significativa del transporte de energía.
Arabia Saudí cuenta además con una ventaja geográfica importante: su costa en el Mar Rojo se extiende unos 1.800 kilómetros, casi tres veces más que su litoral en el Golfo Pérsico. Esto le permite disponer de varios puertos estratégicos, como Yanbu y Yeda, lo que ofrece mayor flexibilidad para exportar petróleo y reduce la dependencia de un único punto crítico.
El oleoducto Petroline como vía de emergencia
El Petroline se está convirtiendo en la principal herramienta para redirigir parte de las exportaciones saudíes. Antes del conflicto ya transportaba más de un millón de barriles diarios, pero Saudi Aramco está acelerando su uso para acercarse a su capacidad máxima, que ronda los 7 millones de barriles al día, según indicó su CEO, Amin Nasser.
Este aumento del flujo permite enviar hacia el oeste diferentes calidades de crudo saudí, como Arab Light y Extra Light. De hecho, las exportaciones desde el puerto de Yanbu ya se han multiplicado y se sitúan en torno a 2,2–2,5 millones de barriles diarios a comienzos de marzo.
El aumento de actividad también se refleja en el tráfico marítimo: alrededor de 20 petroleros han estado esperando frente a la costa para cargar crudo. Parte de estos cargamentos también se redirige a través del oleoducto SUMED en Egipto, que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo.
Un desvío parcial del Estrecho de Hormuz
Para Arabia Saudí, el Petroline permite evitar completamente el paso por Hormuz. A esta capacidad se suma otra infraestructura regional: el oleoducto que conecta los campos petroleros de los Emiratos Árabes Unidos con el puerto de Fujairah, que puede transportar entre 1 y 1,8 millones de barriles diarios.
Si se combinan estas rutas alternativas, se estima que podrían aportar entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios de capacidad adicional, ayudando a mantener parte del flujo de petróleo hacia los mercados de Asia y Europa.
Algunos países ya están adaptando sus rutas de importación. Pakistán, por ejemplo, ha empezado a recibir cargamentos a través del puerto de Yanbu, incluyendo envíos gestionados por la Pakistan National Shipping Corporation, que recientemente cargó unas 73.000 toneladas de crudo.
Aun así, Hormuz sigue siendo insustituible
A pesar de estas alternativas, la realidad es que ninguna infraestructura puede igualar la escala del Estrecho de Hormuz. Países como Irán, Irak o Kuwait dependen casi por completo de esa ruta, ya que no cuentan con oleoductos comparables que conecten con otras salidas marítimas.
Además, la situación de seguridad sigue siendo frágil. Los hutíes podrían retomar ataques con drones o misiles contra buques comerciales o contra el estrecho de Bab el-Mandeb, el paso que conecta el Mar Rojo con el golfo de Adén.
Las primas de seguro para el transporte marítimo ya han aumentado de forma significativa, y la zona continúa dentro del alcance de sistemas de misiles iraníes. A esto se suma la presencia militar en la región, incluida la base logística estadounidense LSE Jenkins y otras instalaciones vinculadas al US CENTCOM, que también podrían convertirse en objetivos en caso de escalada.
En definitiva, el Mar Rojo no puede reemplazar al Estrecho de Hormuz como arteria principal del comercio energético mundial. Sin embargo, en un contexto de tensiones crecientes, se está consolidando como una válvula de alivio estratégica que puede reducir el impacto de posibles interrupciones en el suministro global de petróleo.